martes, 4 de mayo de 2010

Viaje a Nueva York I



El jueves pasado era la fecha en la que nos íbamos a Nueva York. Salíamos desde Alicante haciendo escala en Madrid.
A las 8 y media ya estábamos en el aeropuerto. Fuimos los últimos en llegar (y eso que el avión no salía hasta las 9:45).
Por todos es conocido mi poco amor (por no decir odio) a los aviones. Para empezar, la chica que daba las tarjetas de embarque nos puso separados a Gloria y a mí. No sólo en este vuelo sino también en el de Madrid-Nueva York. Menos mal que luego se pudo solucionar el entuerto.
Ya con mi Trankimazin en el cuerpo, me senté en mi butaca. A la derecha me tocó un señor que amablemente le cambió el sitio a Gloria. A la izquierda me tocó de compañero, un policía nacional que iba hacia México. Resulta que trabajaba en la embajada de España de escolta del embajador.
Me estuvo contando batallitas de todos los países en los que había prestado sus servicios (siempre de escolta del embajador español). El tío estuvo en Bolivia, Pakistán, Mauritania, algún otro país que ahora no recuerdo y finalmente en México. Más de 10 años de un país a otro. Vaya vida! Según me contó, en octubre volvía para quedarse en Cartagena ya que su mujer le había dado el ultimátum.
El caso es que hablando, hablando se me pasó el viaje enseguida. Vuelo muy tranquilo.
Llegamos a Madrid con los 15 minutos de retraso con los que habíamos partido de Alicante. Una vez allí nos fuimos a tomar un café y desde ahí, comenzamos un largo peregrinar por Barajas hasta llegar a la terminal 4S.
Pasaba el tiempo y se acercaba el momento de despegar hacia Nueva York. El avión (de Iberia) iba hasta arriba. Era una Airbus 340 de 8 asientos por fila.
A esa altura ya me había tomado otro Tankimazin y un Valium. Nada más despegar, el comandante nos anunció que el viaje duraría 8 horas en vez de las 8 horas y 10 minutos previstas. También comentó que habíamos despegado con un peso de 288 Toneladas (muy salao el comandante) y en unas 5 horas llegaríamos a una zona de turbulencias. Qué buen rollo, pensé para mis adentros!
El caso es que a los 25 minutos de despegar ya nos habían servido la comida (bastante mala, por cierto) y las temidas turbulencias no lo fueron tanto ya que el avión se movió bastante poco.
Una hora antes de llegar nos dieron una merienda bastante triste y luego la voz del comandante anunció que por problemas de tráfico íbamos a estar una media hora dando vueltas sobre NY. Ahí fue cuando se animó la fiesta porque en NY hacía un viento tremendo.
El avión empezó a dar unos tumbos bastantes desagradables pero al fin tocó tierra.
Una vez los pies estaban posados sobre tierra firme comenzó el pesado trámite de entrar en los Estados Unidos. No me extraña que haya gente que no vaya a EEUU sólo por el hecho de tener que pasar la aduana. Menudo coñazo. Tras una larga espera, Gloria y yo fuimos elegidos para pasar un segundo control. Nos tuvieron un par de minutos sentados y, al rato, nos dijeron que ya nos podíamos largar.
Os aseguro que se pasa un mal rato.
Luego terminamos de redondear la fiesta dejándonos olvidada una de las tres maletas en la zona del control de aduana.
Cuando intenté volver hacia atrás, una policía negra me pegó un gritó dejando muy claro que si había perdido u olvidado algo, tenía que ir a objetos perdidos pero que no se me ocurriese dar un paso hacia atrás.
Allí encontramos una señora muy amable que se encargó de buscar la maleta y posteriormente encontrarla. Por supuesto, tuvimos que esperar un buen rato hasta que abrieran la maleta y comprobaran que no había nada peligroso en ella.
El tema de la seguridad en los aeropuertos americanos es duro.
Finalmente llegamos al hotel (Vincci Avalon) donde nos duchamos y nos tomamos una cervecilla mientras esperábamos a todo el grupo para poder ir a cenar. La cerveza, en esta ciudad, ronda los 7$ sin impuestos ni propinas. O sea, unos casi 9$. Una risa.
Una vez todos estábamos arregladitos nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores antes de coger los taxis para ir al restaurante. Vimos el Empire State, nos dimos una vuelta por Times Square y a intentar coger un taxi.
La ciudad está llena de taxis pero es muy difícil pillar uno libre en hora punta y no tan punta. Además, subir en taxi está considerado deporte de riesgo. La velocidad con la que conducen los taxistas es acojonante. Ni intermitentes ni nada parecido. Es más lógico pasar miedo en un taxi de NY que en el avión que te lleva a esta ciudad.
En cuanto a los precios del taxi, están bastante bien de precio pero hay que tener en cuenta los atascos. Los hay, y muy gordos.
El caso es que llegamos sanos y salvos al restaurante a cenar. El lugar en cuestión se llama River Cafe. Se encuentra bajo el puente de Brooklyn y tiene unas vistas espectaculares. Se ve toda la ciudad iluminada y el puente de Brooklyn desde su salón o terraza. Alucinante.


Tiene una estrella Michelin. Está decorado de lujo y el servicio es muy atento. Tiene pianista incluido y está decorado muy elegantemente. Obligado el uso de chaqueta.
En cuanto a la comida, yo salí muy satisfecho porque lo que pedí estaba estupendo (tartar de ternera de Waygu y costillar de cordero al horno) aunque al resto de la gente no le gustó demasiado. Mucha salsa y rebozado que fastidiaban y enmascaraban el maravilloso producto que estaban comiendo.
En este restaurante hay dos modalidades a la hora de pedir: un entrante, un plato y postre por 98$ o menú degustación de seis platos por 125$. Todo esto sin impuestos incluidos y sin propinas. El vino aparte. La botella más barata que hemos encontrado en un restaurante de NY tenía un precio de 45$ antes de impuestos y propinas. Mal país para los amantes del vino.
En resumen, restaurante espectacular con unas vistas alucinantes, con buena comida pero con un estilo de cocina que, por lo allí visto, en España no creo que convenza. Carísimo.
Al terminar, vuelta en taxi al hotel (un poco más tranquila ya que no era hora punta) y a dormir totalmente reventados porque para nosotros eran las 6 de la mañana con el maldito cambio horario.

lunes, 26 de abril de 2010

Maratón de Madrid


A las 9 de la mañana comenzó nuestra cita anual con el Maratón de Madrid (y ya van cinco en mi caso). Este año, como el año pasado, sólo fuimos a correr Óscar y yo.
Óscar venía con pocos kilómetros en las piernas y la cabeza no la tenía muy predispuesta a acabar. Y para acabar un maratón hay que llegar con la cabeza muy pero que muy dispuesta a acabar porque los últimos kilómetros se corren con la cabeza más que con las piernas.
Este año había conjuntamente con el Maratón, una carrera de 10 km que se separaba del recorrido del Maratón allá por el km 4 ó 5.
Esto significaba que desde la salida hasta esa separación, el peñón que había subiendo la Castellana era exagerado.
A la carrera de 1o km acudió Haile Gebrselassie (recordman de Maratón y un montón de cosas más). Para que os hagáis una idea de como corre este tío, cuando nosotros no habíamos llegado al km 2, él ya estaba en el km 7. En nuestra descarga, comentar que desde que dieron la salida hasta que pasamos por debajo del arco de salida, pasaron casi 10 minutos.
El ambientazo era espectacular como siempre. Había gente de todas partes. Vi mucho italiano, francés y americano. Varios suecos, alemanes, mexicanos, venezolanos.....
La verdad es que este maratón es una fiesta. No sé cómo serán el resto de maratones de España pero éste es alucinante por la gente que se tira toda la mañana animando y por los propios corredores que te ayudan durante toda la carrera.
El Maratón de Madrid es el más duro de España por todas las cuestas que tiene el recorrido pero a mí me encanta correrlo por la animación que tiene. El paso por la Gran Vía, Callao, la Puerta del Sol, el Palacio Real, Príncipe Pío, Lago, la Puerta de Alcalá y la llegada en el Retiro no se puede describir con palabras. Ver como la gente se desgañita por animar a unos tíos a los que no conoce de nada es una sensación muy emocionante.
Ayer, además, el calor fue infernal desde casi el principio de la carrera. Cuando entré en meta había 28 grados.
Empezamos tranquilitos por la cantidad de gente que había y allá por el km 5 ó 6 ya fuimos pillando ritmo de carrera. Un poco más adelante, Óscar se quedó y me fui solo para adelante. En el km 13 estaban esperándonos Gloria, Nani y Óscar Jr (pedazo de maratón que se pega esta gente para animarnos). Luego llegó el paso por Fuencarral, Gran Vía, Callao (con una banda de música espectacular), Preciados, Puerta del Sol, Mayor (con sus peligrosísimos adoquines), Bailén, la Almudena, el palacio Real, Ferraz y otra vez estaban allí Gloria, Nani y little Óscar (momento al que corresponde la foto de debajo magistramente hecha por Nani) justo antes del Medio Maratón (pasé en 1:50:23). A juzgar por la foto, Gloria se apuntará el año que viene.

Hasta aquí todo iba como la seda. Llegué al km 21 cantando habaneras (mención aparte el dolor que tenía en los pezones, como se puede apreciar en la foto). Lo que comentaba antes sobre tener la cabeza en su sitio en un maratón es una verdad como un templo. Hace dos semanas, en el Medio Maratón de Elche allá por el km 17 íbamos pidiendo la hora. Si en aquel momento nos llegan a decir que nos faltan aún 25 km para acabar, nos habríamos parado a llorar sin remisión.
Y os puedo asegurar que el entrenamiento de estas dos últimas semanas no ha sido el responsable de poder acabar una carrera de 42km en vez de una de 21.
A partir del km 21 y hasta el 27 todo perfecto. En el 28 empecé a sentirme un poco raro (probablemente por el calor que hacía en la Casa de Campo). Se me pasó en el 30 y fui otra vez de lujo hasta el 35 en el que pegué la petardá.
El calor era asfixiante y cometí el error de tomar un vaso de bebida isotónica en lugar de agua que me dejó la boca pegajosa. El 36 fue un horror. El 37 bastante mejor. El 38 mal otra vez. El 39 mejor que el 38. El 40, con la subida de Alfonso XII fue un suplicio. El 41 con la subida por la Calle de Alcalá, una prolongación del 40. La entrada al Retiro con el 42 y toda la gente animando hicieron que este km fuera muy, muy bien. La entrada en meta, tocar el cielo.
Mi objetivo era bajar la marca del año pasado (3:47 y algunos segundos, no sabía cuántos). Hasta el 34 tenía claro que lo haría. A partir del 35 empecé a verlo de color castaño. Allá por el 38 me temía lo peor. En el 40 tenía claro que ni de coña bajaría esa marca por poco tiempo. Iba muy justo.
Aquí es cuando la cabeza vuelve a hacer de las suyas. ¿Para qué coño voy a matarme en estos dos km que me quedan si no voy a lograr mi objetivo? Y la tentación de acabar andando y mandarlo todo a freír puñetas se hace muy fuerte.
En la entrada del Retiro, cuando quedaba un kilómetro y 195 metros (que a nadie se le olviden los 195 metros finales) me invadió una rabia tremenda por no poder bajar la marca después del carrerón en solitario que había hecho con todo el calor que hacía y me salieron fuerzas de no sé dónde y empecé a correr como no hacía desde el km 34.
Al final 3 horas, 47 minutos y 18 segundos. Un segundo menos que el año pasado.
Muy grande. El año que viene, si no pasa nada, otra vez.
Para que os hagáis una idea de cómo estaba mi cuerpo, al entrar en meta me metí un Powerade de medio litro blanco, uno azul, uno rojo, uno amarillo, dos botellas de agua y una caña de Laiker (lástima que ya no den Mahou Clásica como en el primer maratón de Madrid que corrí).
Y a ver si el año que viene os apuntáis alguno más a animar.

Phuket Thai. Madrid.

La víspera del Maratón de Madrid nos fuimos a cenar a un tailandés llamado Phuket Thai que se encuentra en Atocha.
Teníamos ganas de hincarle el diente a un restaurante de este tipo.
El sitio está bien y los camareros son súper educados y agradables. Elegimos un menú degustación en el que se probaban seis platos.
La impresión de los cuatro que cenamos fue un poco de decepción. Esperábamos otra cosa. Algo más exótico aún. La comida estaba buena pero no levantó pasiones. Bastante leche de coco, un picante inhumano y poco más reseñable.
Le cerveza tailandesa, muy buena (y fría).
Al final, a unos 30 euros por cabeza.

Restaurante Tabarca. Alicante.


Teníamos pendiente una visita de la semana pasada al Tabarca. Íbamos seis adultos y dos niños.
De entradas: ensalada de salazones, boquerones fritos al estilo malagueño y hojaldre con revuelto de morcilla con habitas y chutney de mango.
De las dos primeras ya hablé en la anterior entrada. Del revuelto, decir que estaba muy bueno y la mezcla con el mango me pareció muy curiosa. Además, el chutney llevaba un pequeño punto de curry que me gustó mucho.
Después, arroz abanda para todos perfectamente ejecutado.
Dos brownies con salsa inglesa y helado de vainilla y un flan de almendra fueron los postres. Además de un trozo de tarta de chocolate que le pusieron a Gloria con una vela a modo de tarta de cumpleaños.
Para beber, cervecitas, y Pétalos del Bierzo 2007 D.O. Bierzo y Dávila 2008 D.O. Rias Baixas. Ambos vinos muy recomendables.
Todo por menos de 35 Euros por cabeza (sin contar a los niños).
Muy recomendable.

Últimos vinos catados


Después de una semana sin escribir nada, a ver si me pongo las pilas y me pongo al día antes de nuestro viaje a Nueva York de donde seguro que traeré muchas cosas para contar.
Empezamos con unos cuantos vinos que hemos probado últimamente.
Hará diez días, Gloria y yo nos metimos una botella de La Plazuela 2005 V.T. de Castilla.
Es un vino de Bodegas Ercavio. Creo que es el mejor vino de Castilla La Mancha que he probado nunca. Recuerda a los Mano a mano y Paso a paso (ambos D.O. La Mancha) pero con la madera tan característica de éstos mucho más sutil, más suave. Y eso que tanto el Mano a mano como el Paso a paso me encantan. Rondando los 30 Euros.
En la comida del sábado, víspera del Maratón de Madrid, nos fundimos tres botellas de vino dignas de mención. Empezamos por el más suave y acabamos por el más potente.
Primero abrimos una botella de Muga 2006 Crianza D.O. C. Rioja. Por todos es conocido mi poco amor a los Riojas que saben a Rioja. Es un crianza con 24 meses en barrica y se bebe como si fuese agua. Muy suave. A la mesa salió fresquito y duró unos cinco minutos.
Luego descorchamosmos un Viña Pedrosa 2006 Reserva D.O. Ribera del Duero. Vino mucho más potente que el Muga, más en la línea de los vinos que me gustan. Espectacular.
Como fin de fiesta y ya algo cargadillos, un Pintia 2003 D.O. Toro. Potencia en estado puro. Para acompañar platos duros. Probablemente, mi vino favorito por menos de 30 Euros. Una maravilla.

martes, 13 de abril de 2010

Restaurante Tabarca. Alicante.

Aprovechando la festividad de San Vicente, que los niños no tenían cole y que Gloria no tenía que ir a trabajar, montamos un plan que consistía en ir a Benidorm para que Gloria testificase en un juicio que, finalmente, no se celebró y pasar por Villajoyosa a comer un arroz en un sitio que nos habían recomendado que se llama El Náutic (no confundir con el Club Náutico). Estaba cerrado.
Como plan B decidimos a otro restaurante de Villajoyosa que se llamar Ca Marta. Vaya, también estaba cerrado!
Como ya teníamos el gusanillo del arroz dentro del cuerpo, nos lanzamos al Tabarca. Además, ya tocaba porque hacía demasiado tiempo que no aparecíamos por allí.
Al ser lunes, decidimos ir en plan tranquilo aunque, al final, como siempre, salí de allí a punto de reventar.
Pedimos tres arroces abanda (no es propiamente un arroz a banda ya que lleva un montón de tropezones) para los cuatro, una ensalada de tomates con hueva y mojama de atún y los clásicos boquerones fritos a la malagueña. Luego, por cortesía de la casa nos pusieron unos trocitos de barracuda fritita que estaba estupenda.
La ensalada de tomate, hueva y mojama de atún estaba deliciosa. Los tres productos eran de gran calidad y con un buen aceite de oliva....
Los boquerones fritos, como siempre, perfectamente fritos, nada aceitosos y con ese puntito de adobo que le da un gustito maravilloso.
El arroz estaba espectacular. Muy sabroso y perfecto de punto. Este restaurante es, para mí, donde mejor arroz de pescado se come de Alicante (los de carne no los he probado nunca).
De postre, para suavizar, dos refrescantes sorbetes de limón.
El sábado tenemos prevista otra visita con la familia donde ya le echaremos un vistazo a la nueva carta de vinos. Ya os comentaré.
Hablando el domingo con alguien sobre este restaurante me comentó que este sitio era caro. No estoy nada de acuerdo. Las cañas cuestan 2 Euros; las entradas van desde los 8 Euros hasta los 23 Euros de unas gambas rojas salteadas. Hasta aquí todo normal.
Si te apetece arroz, desde 11 Euros tienes un arroz espectacular. Pero si quieres el arroz con gambas rojas de Denia (que se salen del plato) con rape y ajetes te vas a casi 19. Normal. Aún no sé de ningún restaurante donde regalen la gamba roja.
Los postres se mueven entre 3,50 y 6 Euros. ¿Eso es caro?
Cuando comente la visita del próximo sábado hablaré de los vinos. Ahí sí que recuerdo de la última vez que estuvimos que no se puede decir que los vinos sean baratos como comenté hace poco respecto al Murri. Pero están, por desgracia, como en casi todos los sitios (al doble de su precio en tienda).
Haciendo una suma rápida, se puede comer de lujo con caña inicial, aperitivo, entrada, arroz, postre, y muy buen vino por 40 Euros. Eso no es comer caro. Son 40 Euros pero sales de allí diciendo "qué bien he comido".
Restaurante muy recomendable. Y si queréis acertar con el arroz, no hay más que hablar.

Mar i Merlot. Elche.


Después del Medio Maratón de Elche nos fuimos a lo mejor que tiene el mundo de las carreras: la comida de después.
Elegimos, a propuesta de nuestro querido autóctono elchero, un restaurante que se llama Mar i Merlot. Es un restaurante donde sirven bastantes pinchos, raciones varias, carnes, pescados y algunos arroces.
Comimos en la terraza. Al reducido grupo de corredores le acompañó el sufrido grupo de familiares y el grupo de amantes del atletismo de élite que no llega a ver el final de una carrera ni si lo matan (ellos dicen que lo intentan). Al final, diez adultos y siete niños.
Pedimos seis arroces de pescado, tres para los niños mayores y otros tres para que los adultos también pudieran probarlos. En la carta, el arroz se hacía llamar meloso pero lo que llegó a la mesa era un arroz muy caldoso.
Al arroz le faltaba algo. No estaba mal pero encontramos falta de sustancia.
Luego pedimos, para el centro, ensaladas, tempura de verduras, croquetas caseras, buñuelos de bacalao, mollejas de cordero con ajos tiernos, patatas con mojo picón, alcachofas con huevo poché (que no llegué a probar porque las devoraron mientras estaba en el baño), un pincho para cada uno (en mi caso, anchoa de bota con tomate de Mutxamel) y dos chuletones.
La verdad es que la ensalada no la probé porque llegó casi a última hora y me quise reservar para la carne.
El rebozado de la tempura no me gustó nada. Era demasiado grueso y aceitoso.
Las croquetas (1 por cabeza) y los buñuelos (lástima que sólo quedaran 4 para todos) estaban muy buenos.
Las mollejas con ajos tiernos estaban, a mi parecer, riquísimas así como las patatas (nada de congeladas, por supuesto) con mojo.
Mi pincho de anchoa de bota y tomate de Mutxamel estaba muy rico, también.
Luego llegaron los chuletones y ahí comenzó la fiesta. A la hora de pedirlos, se dejó clarísimo (yo creo que, incluso, llegamos a ser pesados) que uno de ellos debería venir bastante menos hecho que el punto. Incluso se llegó a decir sangrante. Nada de rosado. Casi crudo. El otro debería venir pasadito.
Lo del punto de las carnes en los restaurantes es un clásico. Tú pides una cosa y el de la cocina hace lo que le da la real gana (por no decir otra cosa mucho más explícita). Cuando una carne está poco hecha, se devuelve a la cocina para que la pasen un poco más y problema solucionado. Pero cuando la carne está demasiado hecha la situación es mucho más violenta ya que te obliga a decirle al camarero que coja esa carne y que haga con ella lo que quiera y que te traiga una carne al punto que has pedido.
Desde aquí hago un llamamiento a todos los cocineros del planeta Tierra para que en caso de duda, se queden cortos a la hora de cocinar la carne porque sólo así podremos solucionar el problema.
Cuando vimos aparecer el primer chuletón pensamos que era el que tenía que venir pasadito. Al sector sangriento se nos cayó el alma al suelo cuando el camarero nos dijo que el que venía pasadito saldría enseguida.
Montamos un poco de numerito (pienso que con razón) y el camarero se metió a la cocina a capear el temporal. Él mismo reconoció que el chuletón, de sangrante y casi crudo no tenía nada.
Al final dimos cuenta de los dos chuletones (que por cierto, la carne estaba buenísima) y el camarero nos sorprendió con un solomillo de ternera hecho vuelta y vuelta que se deshacía. Buen detalle.
Luego llegaron los postres que regamos con un moscatel La Palma Blanca D.O. Alicante (muy buen vino dulce). Yo me pedí un coulant con sopa de chocolate blanco perfecto para acabar la comida.
El resto de la comida la acompañamos con todas las botellas de Enrique Mendoza syrah 2007 D.O. Alicante que quedaban (5 en total) y una botella de La Dama D.O. Alicante. Todas ellas servidas a una temperatura excelente.
La carta de vinos la veo algo floja para un restaurante que se apellida merlot. Pensábamos encontrar algo más de oferta. El caso es que con el E.M. nos apañamos perfectamente porque es un vino fantástico.
Toda la fiesta por poco más de 40 Euros por barba. Teniendo en cuenta que los niños también comieron algo, me parece que el precio está muy bien para el homenaje que nos pegamos.
Lástima del incidente del chuletón. Sitio muy recomendable.